A PESAR de haber sido reubicados en un nuevo pueblo construido a ocho kilómetros de distancia por Franco en 1971, una comunidad heterogénea de residentes testarudos se aferra a la vida en la fortaleza del siglo XIII que sirvió como bastión defensivo durante la Reconquista cristiana.
Castellar de la Frontera es uno de los pocos pueblos de España que permanece completamente intramuros, enclavado en lo alto sobre los alcornocales del Campo de Gibraltar.
Su laberinto de casas encaladas, callejuelas empedradas y patios ocultos está ceñido por un castillo nazarí que una vez custodiaba la frontera entre los reinos cristiano y musulmán.
El casco antiguo de Castellar de la Frontera
Construida en el siglo XIII, cuando la aldea era conocida como Al-Qars, la fortaleza muestra una clara inspiración en la Alhambra de Granada, con torres almenadas, puertas en arco y dinteles de piedra tallados que aún conservan las huellas de su pasado andalusí.
Tras la conquista cristiana, se convirtió en sede de los Condes de Castellar, cuyo palacio, en el corazón de la fortaleza, ha sido restaurado y transformado en un pequeño hotel.
Los huéspedes pueden pernoctar en habitaciones que antaño estuvieron reservadas para nobles y soldados, envueltos por gruesos muros de piedra que han resistido ocho siglos.
En el centro del viejo pueblo se alza la Iglesia del Divino Salvador, unida al castillo por un pasadizo cubierto —un raro elemento medieval que vincula la fe y la fortificación.
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Castellar de la Frontera (COPYRIGHT OLIVE PRESS/LAURENCE DOLLIMORE)
En el exterior, el Balcón de los Amorosos ofrece una vista panorámica del valle, donde el verde manto del Parque Natural de los Alcornocales se extiende hasta el horizonte.
Este parque es una de las mayores áreas forestales protegidas de España, conocida como la selva del sur por su denso dosel de alcornoques y la constante humedad procedente del Estrecho de Gibraltar.
Allí, el aire vibra con el trinar de los pájaros y el destello naranja de las mariposas monarca que migran a través de los árboles cada año.
Una ruta de senderismo circular de 17 kilómetros, conocida como la Senda de las Mariposas, conecta el mirador del embalse del Guadarranque con La Almoraima, cruzando antiguos puentes y caminos ribereños que antaño usaban los corcheros.
El castillo del siglo XII
A lo largo del trayecto, los caminantes encuentran árboles monumentales, ruinas cubiertas de musgo y el antiguo Convento de San Miguel de la Almoraima, hoy reconvertido en un hotel de lujo.
Al pie de la antigua fortaleza, Castellar el Nuevo narra una historia distinta.
Construido bajo el plan de colonización rural de Franco, reemplazó al angosto pueblo medieval con amplias calles, plazas alicatadas y comodidades modernas.
No obstante, a pesar del traslado, un puñado de familias se negó a abandonar el castillo —y, con el tiempo, artistas, artesanos y hoteleros se les unieron, insuflando nueva vida a los viejos muros de piedra.
Cada año, los residentes de ambos núcleos se reúnen durante la feria local, llenando el castillo de música, comida y risas que se derraman por las callejuelas hasta el amanecer.
Son pocos los lugares en Andalucía que aúnan historia, naturaleza y comunidad como lo hace Castellar de la Frontera.
Es un pueblo que ha sobrevivido a imperios, al exilio y al tiempo mismo —erguido aún en su atalaya sobre la selva meridional, donde las mariposas se deslizan entre la bruma y la fortaleza continúa respirando.
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