GALICIA: Un destino español no tan fresco (al menos, ¡no durante una ola de calor!)

¿Es hora de replantearme pasar mis vacaciones estivales en España?

Por Brandon Cheevers

Esa es la cuestión que me surgió durante nuestras vacaciones familiares en plena ola de calor que azotó Galicia y gran parte del resto del país este pasado agosto.

La mayoría de los veranos desde que nos mudamos a Valencia hace una década los hemos pasado en distintas zonas del norte de España. No sólo es que sea increíblemente hermoso, sino que también nos ofrecía la oportunidad de escapar del calor abrasador de la capital valenciana en busca de temperaturas más suaves en lugares como Cantabria o Asturias.

Sin embargo, en los últimos años, éste no ha sido siempre el caso. Europa se está calentando, y España padece las mismas temperaturas extremas y sequías prolongadas que afligen a otras partes del continente.

Aun así, decidimos darle una oportunidad a Galicia. Llevaba mucho tiempo en la lista de destinos imprescindibles para mi mujer y para mí, una región en el noroeste donde los grados estivales están muy por debajo de lo que estoy acostumbrado en la costa mediterránea. Esperaba largos paseos en días frescos y un sueño nocturno confortable sin necesidad de aire acondicionado.

Así que, cuando vi a mi esposa preparándose para meter el ventilador de mesa en el maletero del coche mientras cargábamos la mañana de nuestra partida, me mostré incrédulo. "¿Qué sentido tiene llevar eso?", pregunté con sorna.

Entró a pesar de mis protestas, junto con la ropa necesaria para una familia de cinco: días calurosos, días frescos, tardes más frías, noches gélidas en la montaña, viento, lluvia… en fin, de todo lo que un verano gallego pudiera depararnos. ¿Hace falta mencionar el auténtico almacén de zapatos, los paraguas, los tres niños pequeños y sus juguetes, y ese maldito ventilador otra vez?

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Es un trayecto largo, más de 900 km, así que decidimos fraccionarlo, pernoctando en un pequeño hotel en la zona rural de Salamanca, situado en unos preciosos jardines y con piscina para que los niños disfrutaran tras varias horas en un coche hasta los topes.

Para decepción de las niñas, llegamos demasiado tarde para usar la piscina, así que, tras dejar algunas cosas en la amplia habitación familiar —donde constaté la ausencia de aire acondicionado en una noche muy, muy calurosa—, paseamos por los jardines hacia la cena.

Me tomé la cerveza que tanto ansiaba y disfrutamos de una deliciosa cena de cordero con patatas. El agua embotellada que sirvieron en la mesa era de origen local y tenía, según el dueño, propiedades curativas especiales. Tras la cena, acabamos en un gran salón escuchándole hablar sobre la naturaleza espiritual del emplazamiento del hotel y su propio viaje espiritual, mientras señalaba ocasionalmente imágenes en una pantalla de proyector con el mango de una escoba de madera. Cuando los niños comenzaron a ponerse inquietos, nos excusamos y regresamos a la habitación.

A pesar del entorno espiritual del hotel, dormí pésimamente. No fue sólo la falta de aire acondicionado en una noche calurosa (¡el ventilador ayudó!). Habíamos mirado el pronóstico para Galicia antes de acostarnos y no hizo nada por relajar a este durmiente notoriamente malo: 38 grados al día siguiente y cifras similares en los días venideros.

No podíamos saber que pasaríamos la mayor parte del resto de nuestro viaje derritiéndonos con temperaturas extremas, y que trozos de Galicia y áreas circundantes ardieran reducidas a cenizas por el calor.

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Partimos a la mañana siguiente con un ánimo bastante desalentador. Poco después de dejar atrás las puertas del Nirvana, el coche empezó a recalentarse. ¿Un augurio? Entrecerré los ojos ante un sol infernalmente caliente ya entrada la mañana y me bebí media botella del agua sanadora que habíamos traído. No mejoró mi humor, pero el motor eventualmente se enfrió y por fin llegamos a la histórica Pontevedra, en el suroeste gallego, al caer la tarde. La vista de las aguas del estuario, donde se encuentran ríos y océano, serpenteando en y alrededor de esta pequeña y encantadora ciudad, fue espectacular.

Aparcamos y bajamos. Hacía un calor horrible. Miré a mi esposa. Ella abrió el maletero y sacó el ventilador. Y bendito ventilador; ninguna de las cuatro propiedades en las que nos alojamos tenía aire acondicionado, ni siquiera ventiladores. Claramente, Galicia, al igual que nosotros, no esperaba que hiciera tanto calor.

Desafortunadamente, esa fue la tónica de nuestras vacaciones. Hacía demasiado calor como para disfrutar de los paseos que habíamos planeado por los valles, colinas y dramáticas costas del innegablemente hermoso terreno gallego, o para pasar mucho tiempo visitando las antiguas ciudades de Lugo y Santiago de Compostela. Una de las únicas formas de aliviar el calor era yendo a las playas, que son maravillosas —muchas de ellas amplias y salvajes, sin el horrible telón de fondo sobreurbanizado de sus homólogas mediterráneas.

Dicho esto, el Atlántico está tan frío que es casi imposible aguantar mucho más que un chapuzón rapidísimo para refrescarse. Para nadar, encontramos que los ríos eran una mejor alternativa.

Para el final de la segunda semana, las temperaturas habían comenzado a descender, pero las vacaciones ya casi habían terminado. Las acabamos en la costa norte, en un bonito lugar llamado Viveiro. Comimos bien allí, como lo habíamos hecho durante todo el viaje. Pero, al igual que en el resto de sitios que visitamos en Galicia, el pulpo no era ni mucho menos tan barato como me habían hecho creer. Tampoco lo eran otras delicias del mar como las vieiras o el centollo, al menos en los restaurantes. En los supermercados, en cambio, eran una ganga.

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En los últimos años, más españoles han veraneado aquí, tentados, como nosotros, por la promesa de un clima más fresco. Los dueños de los restaurantes se han percatado, y el precio del famoso marisco gallego ha ido en aumento. Un poco como las temperaturas, quizás.

Galicia fue conocida antaño como el fin del mundo, un apodo apropiado con las temperaturas de este agosto que en momentos se sintieron apocalípticas. Mientras los incendios forestales arrasaban la vegetación completamente seca en una región que recibe la precipitación media más alta de España, y el barómetro marcaba muchos grados por encima del promedio, todo aquello resultó, al menos para mí, un tanto alarmante.

Si decides ir a Galicia, y yo te lo recomiendo, quizás deberías evitar los meses de verano, por si acaso.

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