Durante casi dos años, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha hecho todo por evitar un alto el fuego en Gaza.
En noviembre de 2023, un acuerdo permitió la liberación de 110 cautivos tomados durante el ataque de Hamás del 7 de octubre contra Israel.
Pero una semana después, Netanyahu se negó a prorrogar la tregua, abandonando así al resto de los rehenes.
Desde entonces, cada vez que un cese al fuego parece inminente, Netanyahu ha movido los postes de la portería. En mayo de 2024, Hamás aceptó una propuesta de acuerdo, pero Israel negó haberla aceptado e invadió Rafah. Para septiembre, Netanyahu había introducido una nueva condición: el control permanente israelí del corredor de Filadelfia, la franja entre Egipto y Gaza, algo que rechazan tanto El Cairo como Hamás.
Más tarde, tras defender la postura de que solo firmaría un acuerdo parcial, Netanyahu alteró los parámetros e insistió en que Israel solo aceptaría un trato que conllevara la liberación de todos los cautivos, y no a cambio del fin de la guerra.
Incluso cuando sus aliados impulsaron propuestas, Netanyahu las socavó. También en mayo de 2024, el entonces presidente estadounidense Joe Biden anunció que Israel había ofrecido un plan de alto el fuego, pero Netanyahu permaneció en silencio y no respaldó ningún acuerdo.
Cuando finalmente se acordó e implementó un trato, Netanyahu se aseguró de que se rompiera. En enero de 2025, bajo la inmensa presión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, Netanyahu aceptó un alto el fuego progresivo que continuaría hasta alcanzar un acuerdo final para poner fin a la guerra. Sin embargo, para marzo, Israel lo violó unilateralmente, reanudando los bombardeos intensivos y el cerco.
Y la semana pasada, cuando los negociadores de Hamás se reunieron en Doha para discutir una nueva propuesta respaldada por Estados Unidos, Israel los bombardeó, saboteando efectivamente las conversaciones.
Platos girando
El gobierno israelí insistiría en que los acuerdos no se han materializado porque el grupo palestino Hamás no es un interlocutor honesto y porque debe ser erradicado.
Pero tras el ataque en Doha, Einav Zangauker, la madre del cautivo israelí Matan Zangauker, retenido en Gaza durante casi dos años, fue clara sobre quién tiene la culpa.
“¿Por qué el primer ministro (Netanyahu) insiste en torpedear cualquier acuerdo que se acerque a materializarse? ¿Por qué?”, preguntó retóricamente.
Por qué, en efecto.
Netanyahu es el primer ministro con más antigüedad de Israel. Una de las claves de su éxito radica en su habilidad para mantener múltiples platos girando, para hacer malabarismos con distintas prioridades, incluso cuando son contradictorias, sin llegar a resolverlas por completo.
Ser capaz de compatibilizar estas prioridades le permite a Netanyahu posponer decisiones que podrían hacerle perder el apoyo de la opinión pública o de sus aliados políticos. Y en un país como Israel, donde la política parlamentaria se basa en quién puede sostener la coalición más amplia, eso es esencial.
Netanyahu también enfrenta problemas legales domésticos (está siendo juzgado por corrupción) y mantenerse en el poder es probablemente su mejor baza para evitar la prisión.
Volviendo a la cuestión de un alto el fuego en Gaza, Netanyahu tiene un problema fundamental: depende del extremo mesiánico que apuntala su gobierno, y ellos han dejado claro que el fin de la guerra en esta etapa los llevaría a abandonar la coalición del primer ministro, lo que casi seguro provocaría su colapso.
La extrema derecha israelí, como el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, y el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, quiere expulsar a los palestinos de Gaza y traer colonos israelíes para habitar la tierra dejada vacía por la limpieza étnica.
Netanyahu quizás no sea totalmente ajeno a ese objetivo, pero también comprende la dificultad de lograrlo. Incluso Israel se vería militarmente sobrepasado si intentara conquistar y controlar toda la Franja de Gaza, y meses o años de conflicto de baja intensidad causarían más disensión en un ejército que depende en gran medida de movilizar a miles de israelíes como reservistas.
Y, por supuesto, un intento tan descarado de limpieza étnica aislaría aún más a Israel a nivel internacional.
¿Qué viene después?
En su lugar, Netanyahu mantiene los platos girando. Mantiene a Ben-Gvir y a Smotrich de su lado al nunca aceptar terminar la guerra, envía equipos de negociación a discutir propuestas que no aceptará, y nunca se compromete del todo con la campaña militar que sería necesaria para intentar someter a Gaza por completo.
Insiste en que a Hamás no se le puede permitir gobernar Gaza y rechaza que la Autoridad Palestina gobierne el enclave, al mismo tiempo que afirma que Israel no quiere controlarlo.
¿Cuánto tiempo podrá Netanyahu sostener esto? Ha habido momentos en los que ha luchado y ha estado al borde del colapso.
Trump no quiso acceptar un “no” por respuesta en enero, forzando a Netanyahu a aceptar un acuerdo que había estado sobre la mesa durante más de seis meses. Eso llevó a Ben-Gvir a dimitir de su cargo ministerial y a Smotrich a amenazar con renunciar si el acuerdo progresaba y conducía al fin de la guerra.
Como se mencionó, no lo hizo. Y Ben-Gvir rápidamente regresó. Trump dice cosas contradictorias sobre terminar la guerra, pero nunca le ordena firmemente a Netanyahu que se detenga.
Las próximas elecciones israelíes deben celebrarse antes de octubre de 2026. Quizás Netanyahu pueda presentar suficientes victorias al electorado —ya puede argumentar que ha debilitado a Hamás, derrotado a Hezbolá y bombardeado las instalaciones nucleares de Irán— para obtener apoyo suficiente y dejar de depender de Ben-Gvir y Smotrich, y así poder finalizar la guerra en sus términos, cualesquiera que estos sean.
O quizá la guerra continúe, potencialmente con pausas, solo para que Israel vuelva a castigar a Gaza cuando sienta la necesidad de hacerlo.
Alternativamente, continuar la guerra sin un final a la vista podría incrementar el escrutinio extranjero y doméstico, aumentando la presión sobre Netanyahu hasta que se vea forzado a tomar una decisión sobre su finalización o a ser derrotado en las urnas en 2026.
Los palestinos de Gaza, de los cuales Israel ha matado a más de 64.800, son las bajas colaterales de la vacilación de esta guerra, al igual que los cautivos israelíes que aún permanecen en Gaza.
Por ahora, seguirán sufriendo, mientras Netanyahu mantiene sus platos girando.
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