Minas

Escrito por: pepbruno - 26 Mayo 2010 (154 vistas)

Hace tiempo que en este lugar (escribo desde lejos) floreció la industria minera. Diversas prospecciones encontraron vetas de carbón (de mala calidad, pero carbón) y se empezó a trabajar.
Los mineros horadaban la tierra con vehemencia, con esa que llaman la fe del carbonero, a la espera de encontrar la gran veta, la que diera sustento a sus familias y a las familias de sus familias por generaciones.
Durante años los mineros se empeñaron en su labor negra y profunda, se dejaron la piel en cada centímetro, en cada milímetro que arrancaban a la entraña de la tierra. Pero todo fue en balde. El carbón era de la peor calidad, las vetas languidecían al poco de ser explotadas, y las minas empezaron a cerrar.
De todo aquel oficio y esplendor hoy solo queda el recuerdo: algunas fotos y algunos chascarrillos.
Los viejos hablan de la mina con resentimiento: tanta esperanza pusieron en ella como desamor puso la mina en ellos.

Uno pasea por aquellos parajes y de vez en cuando se topa con la torre de entrada a una mina. Pero nada más. No se imagina que tras aquella puerta hay kilómetros de galerías donde conviven el viento frío y el negro eco. Afuera algún pájaro canta en el campo ralo. Adentro las venas de la tierra duermen secas y vacías.
Toda la comarca está horadada, bajo pueblos y tablas de arado, regatos y carreteras, campos yermos y vegas, hay galerías subterráneas donde sucumbieron las ilusiones de quienes habitan este lugar.
En esta tierra conocen la medida de la desesperanza y saben dónde vive: debajo, tras la fina capa nutricia de tierra que alimenta a los pocos árboles y que sustenta los cimientos de las viviendas, debajo, debajo, donde están las galerías oscuras en las que rascuñan incansables los sueños que fueron en busca de una salida imposible.
A veces, en las noches frías de invierno, cuando la nieve ha cubierto el mundo de silencio se puede oír cómo desde dentro de la tierra, muy adentro, los sueños y las ilusiones arañan pacientemente las galerías donde están apresados. Es un ruido fino, pequeño, perseverante, que retrepa por la madera de los muebles y se cuela por las tuberías.
Es el ruido de la última llama de esperanza. Y en verano puede confundirse con el canto de los grillos.

Comentarios:

Comentario de: Gonzalo Folch [Visitante]
Gracias, Pep.
Me he emocionado al leer tu artículo y he recordado a mi padre, a mi suegro, y a tantos otros que dejaron su juventud y su salud en el fondo de una galería para que nosotros, sus hijos, tuviéramos una oportunidad de prosperar en la vida.
En estos tiempos donde la cultura del esfuerzo y del trabajo bien hecho no "vende" y proliferan los mequetrefes cuyo único mérito es vivir muy bien contando sus intimidades y miserias, o despellejando a los que las cuentan, resulta gratificante recordar aquellos rostros tiznados por el polvo del carbón, verdaderos currinches de las profundidades de la mina que, al llegar a casa, todavía reventados por el duro trabajo, te mostraban una hilera de dientes muy blancos resaltando sobre la cara tiznada y te dedicaban una sonrisa en la que te transmitían todo: cariño, dedicación, protección.
PermalinkEnlace permanente 28.05.10 @ 10:41

Dejar un comentario:

(Los saltos de línea serán <br />)