
Hace tiempo que en este lugar (escribo desde lejos) floreció la industria minera. Diversas prospecciones encontraron vetas de carbón (de mala calidad, pero carbón) y se empezó a trabajar.
Los mineros horadaban la tierra con vehemencia, con esa que llaman la fe del carbonero, a la espera de encontrar la gran veta, la que diera sustento a sus familias y a las familias de sus familias por generaciones.
Durante años los mineros se empeñaron en su labor negra y profunda, se dejaron la piel en cada centímetro, en cada milímetro que arrancaban a la entraña de la tierra. Pero todo fue en balde. El carbón era de la peor calidad, las vetas languidecían al poco de ser explotadas, y las minas empezaron a cerrar.
De todo aquel oficio y esplendor hoy solo queda el recuerdo: algunas fotos y algunos chascarrillos.
Los viejos hablan de la mina con resentimiento: tanta esperanza pusieron en ella como desamor puso la mina en ellos.
Uno pasea por aquellos parajes y de vez en cuando se topa con la torre de entrada a una mina. Pero nada más. No se imagina que tras aquella puerta hay kilómetros de galerías donde conviven el viento frío y el negro eco. Afuera algún pájaro canta en el campo ralo. Adentro las venas de la tierra duermen secas y vacías.
Toda la comarca está horadada, bajo pueblos y tablas de arado, regatos y carreteras, campos yermos y vegas, hay galerías subterráneas donde sucumbieron las ilusiones de quienes habitan este lugar.
En esta tierra conocen la medida de la desesperanza y saben dónde vive: debajo, tras la fina capa nutricia de tierra que alimenta a los pocos árboles y que sustenta los cimientos de las viviendas, debajo, debajo, donde están las galerías oscuras en las que rascuñan incansables los sueños que fueron en busca de una salida imposible.
A veces, en las noches frías de invierno, cuando la nieve ha cubierto el mundo de silencio se puede oír cómo desde dentro de la tierra, muy adentro, los sueños y las ilusiones arañan pacientemente las galerías donde están apresados. Es un ruido fino, pequeño, perseverante, que retrepa por la madera de los muebles y se cuela por las tuberías.
Es el ruido de la última llama de esperanza. Y en verano puede confundirse con el canto de los grillos.