
Escribo desde Villarrubia de los Ojos donde llevo toda la semana contando. El nombre de este pueblo se debe a los ojos del Guadiana, ya saben, los ojos son el lugar por donde el Guadiana volvía a manar tras su paseo por el subsuelo. Esta era una zona húmeda, puro charco y barrizal, con abundancia de regatos, riachuelos, lagunas, veneros, corrientes subterráneas... un festín de agua. Me contaba una persona del lugar que cuando él era niño (con diez años, y ahora él tiene treinta), bastaba con cavar tres o cuatro metros para dar con el agua. En todos los huertos de autoabastecimiento la tierra era generosa y el agua abundante. Existía un equilibrio de siglos entre la naturaleza y el ser humano.
Pero en estos últimos veinte años ha llegado la plaga y ha terminado con todo. No se trata exactamente de una de esas plagas bíblicas, tradicionales y terribles. Se trata de una plaga silente cada vez más extendida, o más bien de un conjunto de plagas que vienen de la mano: la plaga de la ceguera, la de la sordera, la de avaricia, de la dejadez, de la estulticia... Me explico.
Un día uno descubre que cambiando los cultivos tradicionales de secano por cultivos de regadío el rendimiento (económico) es mayor, así que en la tierra de la familia donde antes había trigo se cultiva ahora maíz o remolacha, y si no hay agua bastante en el pozo de toda la vida, se ahonda. Y a ganar dinero. El vecino ve que su vecino tiene mejor coche porque ha cambiado el cultivo, pues culo veo, culo quiero. Y coche también. Así se propaga la plaga. Como si los recursos naturales fueran infinitos.
La ceguera: uno parece no ver que cada vez hay que cavar más hondo para sacar agua: actualmente hay pozos de ciento cincuenta metros, antes no encuentran agua, asombroso, ¿dónde quedan los pozos de tres o cuatro metros?
La sordera: uno parece no escuchar los gritos agónicos de la naturaleza que le rodea, cómo todo va languideciendo y cómo el paraíso que recordaba de su infancia va convirtiéndose en otra cosa muy distinta.
La avaricia: porque lo que cuenta es vivir un poco mejor, tener más, incluso mucho más, como si ese mucho más fuera imprescindible para vivir, como si no existiera un límite para la mejora de la forma de vida: más, siempre más, cueste lo que cueste más.
La dejadez: y hablo ahora de los políticos, de todos los colores y de todas las administraciones. Porque los políticos se deben pensar que les votamos para que pongan primeras piedras (o últimas tejas), pero también les votamos para que estén a las duras, no solo a las maduras: que si se está esquilmando y destrozando el entorno alguien tendrá que hacer algo: prohibir explotaciones, riegos, cerrar pozos (a estas alturas ilegales y legales: veinte o treinta años sin sacar agua de los pozos tal vez recuperarían el Guadiana, tal vez, pero no se hagan ilusiones). Sí, a los políticos también los votamos para que tomen decisiones impopulares y para que busquen soluciones. Y aquí y ahora, si se quiere un futuro, hay que cerrar pozos. Pero no se crean que hablo del Guadiana o de Villarrubia de los Ojos o del asunto del agua: cuando hablo de cerrar pozos estoy utilizando una metáfora extensible a muchos otros lugares de esta Comunidad y de otras que se piensan que el agua es esa cosa que sale al abrir el grifo (y que siempre que el grifo se abre, sale). Pero no solo estoy hablando de agua: cerrar pozos significa empezar a pensar en el futuro, escuchar y ver a la Naturaleza, buscar la manera de convivir con ella sin agotarla y sin destrozar de forma irreparable el entorno y el modo de vida.
La estulticia: abundando en lo ya dicho, la estulticia de quienes destrozan lo que les da de comer sin pensar en qué comerán sus hijos.
Unas cuantas plagas que se resumen en una: el ser humano. El ser humano es una verdadera plaga que arrasa allí adonde va. El ejemplo de Villarrubia de los Ojos y de esta zona de "La Mancha húmeda" me viene a pelo para hablar de esta plaga tremenda que es el ser humano, no se crean que es que los de Villarrubia son así o asá, porque no estoy hablando de los villarrubieros, estoy hablando del ser humano, y en este tema parece claro que el ser humano es un mostrenco estúpido e insaciable. A nadie parece preocuparle que en estos últimos veinte años se esté destrozando este paraje con más de cinco mil pozos ilegales que ahora los políticos de turno están bendiciendo porque son derechos adquiridos.
Pues nada, los Derechos del Ser Humano sobre los de la Naturaleza y que gane el mejor o el más bruto, que en Villarrubia manaba el Guadiana pero por estos alrededores hace años que está todo seco, aquí no mana nada. La ceguera es total y parece no importar a nadie.
No nos damos cuenta de que a la Naturaleza este asunto se la trae al pairo: ¿que se agota el agua? pues muy bien, dejará de ser La Mancha húmeda, ¿que esto acaba siendo un desierto?, pues muy bien, ya llegarán los cactus, ¿que todo esto es una ruina inhabitable?, pues nada, ya desaparecerá el ser humano de aquí (menudo alivio). La Naturaleza, sea como fuere, pervivirá; será el hombre el que no podrá sobrevivir a esta destrucción descontrolada. Y repito: no se vayan a quedar en la anécdota de Villarrubia y el agua, que me viene bien como ejemplo para ilustrar mi idea pero hay miles de casos y situaciones similares a esta por toda España, por todo el mundo: la destrucción es continua, salvaje y a fondo.
Esto me recuerda a un compañero de universidad que muy serio y muy en serio proponía que nos dejáramos de tonterías y esquilmáramos de una vez todos los recursos naturales de nuestro viejo planeta sin preocuparnos de la sostenibilidad ni gaitas similares, lo mejor era vivir a tope, disfrutar sin agobios y acabar definitivamente con todo. Eso sí, él decía que para hacer esto sin crear problemas a nadie había que decidir, por consenso de toda la Humanidad, no tener más hijos, porque sería una catástrofe y una irresponsabilidad para futuras generaciones.
A veces pienso que este amigo mío era un visionario, pero solo a medias, porque sí veo como vamos esquilmando sin ningún pudor los recursos, cómo vamos destrozando sistemáticamente ecosistemas; pero lo que no veo es que hayamos consensuado lo de dejar de tener hijos. Quizás es que no somos tan inteligentes como pensamos. Es más, seguramente lo que somos es bastante más tontos de lo que podamos imaginar.