
El restaurante estaba tan lleno que apenas se podía caminar entre las mesas repletas. Afortunadamente llamamos un día antes para reservar una pequeña mesa en la terraza, la única que permanecía libre y a la espera de sus comensales. La terraza era un mirador privilegiado desde el que se disfrutaba de la bahía de Agaete: la playa de piedra negra, su puerto de ferrys y barquitas de pescadores y, junto a los cortados y acantilados, los restos que todavía quedan en pie de "El dedo de Dios".
El mar titilaba deslumbrante en un baño de azules gozosos. Daban vértigo la luz y el color del mediodía en el horizonte.
Éramos seis a comer, todos narradores. Con las primeras cervezas la conversación se fue encauzando, palabras trenzadas que subían y bajaban como las olas suaves de la playa. Luego llegó el vino, un Bermejo de la Geria que refrescó la conversación, abrió compuertas y dejó escapar palabras por diques y canales incrementando notablemente el caudal. Riego de palabras en tierra fértil, mediodía frente al mar con amigos y una bandeja de pesacados fresquísimos esperando a ser degustados.
De pronto caí en la cuenta.
Hace años yo estuve aquí, en esta misma terraza, quizás en esta misma mesa. En aquella ocasión yo llegué el primero y, mientras esperaba a mi acompañante con una cerveza en la mano, miraba distraído cómo, frente a mí, en el puerto un enorme ferry de la compañía Fred Olsen engullía incansable coches y personas.
Sucedió hace mucho tiempo, lo había olvidado, o más bien lo había guardado en el trastero de los recuerdos tristes. Aquéllos eran días turbios de amor imposible y felicidad rota. En esta misma terraza, quizás en esta misma mesa, aquella mujer de días felices que ahora eran tristes me había citado para comer y, eso aún yo no lo sabía, para terminar nuestra vida en común. La esperaba sentado a la mesa, confiado, echando cuentas de esperanzas y palabras que pudieran arreglar y tender puentes, recomenzar y trenzar sueños. Allí sentado, bebiendo tal vez una segunda o una tercera cerveza, de pronto vi al otro lado del muelle, junto al ferry atracado, a la mujer de mis desvelos. Me levanté y la llamé a voces. No contestó, sólo un lánguido movimiento de su brazo, abatido, triste, de despedida, y la media vuelta y caminar despacio y subir al ferry. Y nunca más saber de ella.
Entonces alguien me dijo ¿te pasa algo?, te has quedado mudo. Los otros compañeros de oficio y mesa me miraban. No es nada, dije, y tomé la copa de vino.
Tenía la mirada perdida en el horizonte, a lo lejos, en el mar, se iban dibujando los contornos de un barco que se acercaba al puerto. Era el ferry de la Fred Olsen, llegaba desde Tenerife y paraba en Agaete, quizás antes de quince minutos ya estaría allí.
Mi corazón temblaba. Tantos años después todavía temblaba.