
Me fastidia la idea del artista como una persona autodestructiva, como alguien que sufre y ese sufrimiento da, como fruto, una obra artística. Quizás sea un estereotipo que proviene del Romanticismo y desde entonces parece normal que solo desde el sufrimiento y la experiencia extrema se puede crear. Solo cuando te han abandonado puedes hablar de amor, solo cuando estás solo y marginado puedes escribir, pintar, componer, modelar… parece que el artista, esa persona capaz de ver la vida y la realidad desde nuevos puntos de vista, de mostrarnos nuestro día a día como si fuera algo completamente nuevo para nosotros, es alguien que, por esa capacidad de ver, de descubrir, de desentrañar, sufre.
Es más, parece que en muchos casos el sufrimiento es el verdadero objeto de interés del arte (y no solo el estado habitual del artista), parece ser que la felicidad no vende. Los ejemplos podrían ser muchos: “Cuando recuerdo mi infancia me pregunto cómo pude sobrevivir siquiera. Fue, naturalmente, una infancia desgraciada, se entiende: las infancias felices no merecen que les prestemos atención”, dice Frank McCourt en su Las cenizas de Ángela (p.9, en Maeva).
Pero es que no solo el sufrimiento es el objeto de la obra de arte, ni el estado de gracia de los grandes artistas, sino que, al parecer, explica y da sentido a la cultura toda: “La cultura me parecía una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas. Tal vez se podría imaginar una cultura de otro tipo, vinculada a la celebración y al lirismo, que se desarrollaría en un estado de felicidad; pero no estaba seguro”, afirma el protagonista de Plataforma, la estupenda novela de Michel Houellebecq (p.280, en Anagrama).
Pienso en autores que me gustan mucho como Paul Auster o en directores de cine como Ken Loach, que tienden a llevar a sus personajes a situaciones extremas. Creo que en verdad sus libros y sus películas profundizan en la desgracia y en ese destino (griego, trágico) del que no pueden escapar a pesar de buscar una y otra vez una escapada. En el caso de Auster casi siempre el infierno está dentro de los propios personajes, y en el de Loach, fuera. Pero lo cierto es que el destino es trágico y el final también. A veces asombra la perseverancia de los protagonistas de Loach tratando de escapar al destino, o la inacción de los protagonistas de Auster ante el declive de sus vidas.
Pero incluso en estos dos casos que señalo, sus dos últimas obras dan un giro interesante, hay una salida. Pienso en el libro de Brooklyn Follies, de Auster, que no gustó a muchos de sus lectores habituales porque ¡acababa bien!, como sucede con la última película de Loach (y su inseparable guionista Paul Laverty) Buscando a Eric, que también ¡acaba bien!
Quizás esto sea una buena señal, quizás vaya quedando atrás la idea de arte vinculado al sufrimiento y a la infelicidad, quizás los grandes artistas estén explorando nuevas vías, o más bien: consolidando nuevas vías, porque seguramente los ejemplos en los que la felicidad se va abriendo camino en el arte son muchos más de los que aquí cito.
Lo cierto es que yo sí creo en el arte como un camino para encontrar la felicidad (esos pequeños momentos de felicidad que a veces la vida nos regala); el arte como una ventana que se puede abrir para que el aire fresco, nuevo, limpio, renueve nuestras vidas y las llene de luz; el arte como un modo de realización personal y como un proceso de crecimiento social; el arte como búsqueda y hallazgo; el arte como disfrute y placer; el arte como parte imprescindible de la vida y de la felicidad de la vida.