
Estoy leyendo un libro de Mathias Malzieu titulado La mecánica del corazón, en Mondadori. Llevo unas sesenta páginas y no se crean que me está gustando demasiado, de hecho remoloneo antes de continuar con la lectura (vean si no qué estoy haciendo ahora, escribir este post).
Hace unas páginas (allá por la veintiséis) me encontré con varios tarros llenos de lágrimas, tarros que Madeleine, la "madre" del protagonista llenaba con sus propias lágrimas para bebérselas en ocasiones adecuadas.
Me recuerdan estos tarros y estas lágrimas a otras que he leído/bebido en muchas ocasiones, un pequeño cuento de Arnold Lobel (grande entre los grandes en el mundo de los cuentos) titulado "Té de lágrimas", en su libro Búho en casa (ed. Ekaré).
En este caso el protagonista, Búho, se pone a pensar en cosas tristes para llorar y cuando tiene la tetera llena de lágrimas se prepara un té. El cuentecito acaba con una frase maravillosa: "Está un poco salado -dijo- pero el té de lágrimas siempre cae muy bien".
Son varias las reflexiones que me suscitan estos dos textos.
Para empezar lo admirable que es siempre la buena literatura, ya sea esta infantil, juvenil o para adultos. En principio no creo en libros separados por compartimentos estancos, pienso que la literatura infantil es la que TAMBIÉN leen los niños, pero también podemos y debemos leer los adultos. En mi caso concreto prefiero los cuentos de Arnold Lobel a muchos libros de cuentos y novelas de autores notables y consagradísimos. Creo que Saltamontes va de viaje no queda muy lejos de El Principito, creo que Búho en casa contiene unos cuentos de una hondura enorme; pero creo que hay otros libros supuestamente para niños que nos dan la medida del ser humano. Libros ilustrados, cuentos llenos de silencios y de imágenes, sugerencias, metáforas deslumbrantes, textos muy breves con vocabulario muy limitado y con múltiples planos de interpretación. Verdaderas obras de arte.
No entiendo por eso que haya autores que, por escribir para niños, no vaya a recibir un reconocimiento adecuado para su obra. Pienso por ejemplo en Juan Farias (si no conocen El hijo del jardinero no dejen de leerlo), un escritor absolutamente maravilloso que no recibirá un Premio Nacional de Literatura porque lo suyo es literatura infantil, como si infantil significara menor.
Pero volvamos a las lágrimas.
En estos dos texto Lobel gana por mucho en la riqueza y poeticidad de su pequeño texto con respecto a los tarros de lágrimas de una novela para jóvenes y adultos que está arrasando y a la que, como les dije, todavía no le he encontrado el aquél.
Otra reflexión interesante a partir de estos dos textos es el asunto de las lágrimas, qué silenciadas viven o cómo se esconden o qué poco se prodigan. Sin embargo los niños, los adultos, seguimos necesitando llorar de vez en cuando (siempre cae bien), dar rienda suelta a la lágrima.
Recuerdo la sorpresa que se llevaron en una gran ciudad del sur de Madrid cuando al votar todos los niños y niñas de los colegios el libro que más les gustaba salió elegido, por abrumadora mayoría, el Libro de lágrimas, de Pere Ginard, en Anaya: un libro lleno de silencios que hablan de lágrimas.
Hablen de lágrimas. Lloren de tristeza, o de alegría, o de pena... pero no se escondan. Las lágrimas siempre caen bien.