
Tras la lluvia de primera hora de la tarde salió el sol. Tras el sol salieron los niños. El patio era pequeño y los niños eran dos: lo justo para hacer un país. Cogieron sus palas y sus rastrillos. En un pequeño cubo pusieron tierra y hojas caídas por la lluvia y cuando todo estuvo preparado empezó la cacería de lombrices y cochinillas.
Detrás de los niños salieron el hombre y la mujer. Ella se sentó en una cómoda silla de jardín, leía un libro. El hombre junto a ella, miraba al cielo. Las formas de las nubes eran letras de un alfabeto efímero que algún gigante soñaba lejos. Un texto indescifrable de azules, blancos y grises que se iban tornando violáceos con el paso de los minutos.
El bullicio de pájaros felices por el final de la tormenta arrullaba al árbol.
En esta fotografía de costumbre, de tarde de abril, de familia viviendo en calma, el hombre que mira al cielo sueña garabatos de golondrina con los ojos abiertos, y suspira.
Cierro el libro. Mi mujer mira al cielo y mis hijos juegan en la tierra a coger lombrices. La tarde es un revuelo de árboles que se abren a la primavera y de pájaros que chillan. El libro en mis manos espera, apenas un leve aleteo de mariposa (la primera de la primavera), el zumbido de las abejas ufanas, la fuerza de las hojas de la parra que se abren en instantes. Abro el libro y caigo en él de nuevo.
... y suspira. El hombre sueña con otro hombre al otro lado con otros hijos y otra esposa, al otro lado, alguien que viviera una vida, su vida, al otro lado, en un patio pequeño con tierra y gusanos y un cielo como este cielo que ahora mira.
Cierro el libro. Miro al cielo. Suspiro. Vuelvo al libro. Supira, vuelve la mirada y ve a su mujer, ve a sus hijos. Una congoja de tinta y papel le sube por el pecho, una desazón de imprenta se le agarra a la garganta. El hombre se levanta y va a la cocina, tomará una cerveza, la primera de la primavera, una cerveza que sabe a la misma cerveza que toma una y otra vez cuando alguien vuelve a leer esa página.
Cierro el libro. Me levanto y voy a la cocina. Cojo una cerveza, vuelvo al patio, me siento y la abro. Salud, digo, señalando al libro. Salud y suerte.