
Hace ya dos años y medio que ando enredado con este blog. A lo largo de estos meses he escrito unos 175 post en los que he tratado de compartir mis opiniones y reflexiones sobre la actualidad y lo cotidiano, y también en los que he jugado a soñar y a encontrar el reverso de los días.
Pensar en voz alta me ha hecho pensarme, y a veces repensarme. Tarea que no es pequeña.
Desde el primer momento traté de hacer de este blog un espacio de reflexión donde compartir, intercambiar y hacer crecer ideas. Pero no solo: este blog también quiso ser un tablero de juegos donde imaginar otras realidades.
He intentado que así fuera: espacio de juego y lugar de reflexión. Supongo que no todas las veces lo he conseguido, pero valga por esas las otras, las que sí lo logré.
Lo que sí es cierto es que he aprendido mucho y he pasado muy buenos momentos frente a la pantalla con sus argumentos y reflexiones. También es cierto que ha habido algunos ratos amargos, los menos.
Este parece un año de despedidas, se fue el maestro Delibes y hoy, sigiloso, se ha marchado Saramago.
José Saramago es uno de mis escritores de cabecera, uno de esos imprescindibles que siempre tengo presente y al que acudo una y otra vez. Y hoy se ha marchado.
Hoy soy un poco más huérfano.
Saramago, Nóbel de la sencillez y de la hondura, maestro del aliento y del pensamiento, escritor del pueblo. Y se ha marchado. Sin aspavientos.
Recuerdo una ocasión en la que me encontraba contando en Tías (Lanzarote), Mercedes, la bibliotecaria, me dijo mira, esa es la casa de Saramago. Vaya, es extraño pensar que a unos pocos metros de donde tú estás se encuentra ese escritor que tantas veces te ha susurrado al ojo, al corazón, al alma, ese escritor al que admiras. Hoy vamos con prisa, me dijo Mercedes, pero es muy cercano, a veces llamas y te invitan a pasar y puedes charlar con él y tomar un café.
Saramago se ha marchado, pero ha dejado aquí parte de sus palabras, de sus historias, de sus sueños.
Saramago ha muerto. Hoy soy un poco más huérfano.

Noticia de su muerte
Su blog, actualizado hoy mismo
Saramago en la wikipedia
Último libro de Saramago que he comentado
Los hombres iban a tomar el café al bar y allí se jugaban la copa al guiñote. Parecía que en ello se les iba la vida. Y la tarde. Eran partidas de silencios y mamporros en la mesa, golpes que pretendían multiplicar el valor de cada carta con el sufrir del tablero.
Las mujeres preferían el fresco de la Plaza de España, junto a la fuente y bajo los castaños de indias, allí unas bordaban y otras jugaban a la perejila. La palabra se mantenía siempre viva, como un rescoldo imprescindible, cuando no era una era otra la que decía; a veces reían por lo bajo, otras contaban los últimos chascarrillos, otras sencillamente canturreaban. Pero la palabra habitaba entre ellas.
Los niños jugábamos en el lavadero o en el ejido, a veces a la brisca o a veces a burro. Aunque no terminábamos de verle la gracia al asunto de las cartas. Eso de jugar sentados con tantos caminos que había para correr, tantas colinas para rodar, tantos riachuelos para salpicar... lo de jugar a las cartas era algo que había que hacer cuando uno ya lo hubiera visto todo y lo hubiera andado todo, y nosotros todavía no estábamos en ésas.
Hace tiempo que en este lugar (escribo desde lejos) floreció la industria minera. Diversas prospecciones encontraron vetas de carbón (de mala calidad, pero carbón) y se empezó a trabajar.
Los mineros horadaban la tierra con vehemencia, con esa que llaman la fe del carbonero, a la espera de encontrar la gran veta, la que diera sustento a sus familias y a las familias de sus familias por generaciones.
Durante años los mineros se empeñaron en su labor negra y profunda, se dejaron la piel en cada centímetro, en cada milímetro que arrancaban a la entraña de la tierra. Pero todo fue en balde. El carbón era de la peor calidad, las vetas languidecían al poco de ser explotadas, y las minas empezaron a cerrar.
De todo aquel oficio y esplendor hoy solo queda el recuerdo: algunas fotos y algunos chascarrillos.
Los viejos hablan de la mina con resentimiento: tanta esperanza pusieron en ella como desamor puso la mina en ellos.
Estoy leyendo un libro de Mathias Malzieu titulado La mecánica del corazón, en Mondadori. Llevo unas sesenta páginas y no se crean que me está gustando demasiado, de hecho remoloneo antes de continuar con la lectura (vean si no qué estoy haciendo ahora, escribir este post).
Hace unas páginas (allá por la veintiséis) me encontré con varios tarros llenos de lágrimas, tarros que Madeleine, la "madre" del protagonista llenaba con sus propias lágrimas para bebérselas en ocasiones adecuadas.
Me recuerdan estos tarros y estas lágrimas a otras que he leído/bebido en muchas ocasiones, un pequeño cuento de Arnold Lobel (grande entre los grandes en el mundo de los cuentos) titulado "Té de lágrimas", en su libro Búho en casa (ed. Ekaré).
En este caso el protagonista, Búho, se pone a pensar en cosas tristes para llorar y cuando tiene la tetera llena de lágrimas se prepara un té. El cuentecito acaba con una frase maravillosa: "Está un poco salado -dijo- pero el té de lágrimas siempre cae muy bien".
El restaurante estaba tan lleno que apenas se podía caminar entre las mesas repletas. Afortunadamente llamamos un día antes para reservar una pequeña mesa en la terraza, la única que permanecía libre y a la espera de sus comensales. La terraza era un mirador privilegiado desde el que se disfrutaba de la bahía de Agaete: la playa de piedra negra, su puerto de ferrys y barquitas de pescadores y, junto a los cortados y acantilados, los restos que todavía quedan en pie de "El dedo de Dios".
El mar titilaba deslumbrante en un baño de azules gozosos. Daban vértigo la luz y el color del mediodía en el horizonte.
Éramos seis a comer, todos narradores. Con las primeras cervezas la conversación se fue encauzando, palabras trenzadas que subían y bajaban como las olas suaves de la playa. Luego llegó el vino, un Bermejo de la Geria que refrescó la conversación, abrió compuertas y dejó escapar palabras por diques y canales incrementando notablemente el caudal. Riego de palabras en tierra fértil, mediodía frente al mar con amigos y una bandeja de pesacados fresquísimos esperando a ser degustados.
De pronto caí en la cuenta.
Para terminar el mes de abril, este mes en el que uno anda todo el día enredado en carreteras y cuentos y libros y más carreteras y cuentos y más libros, he estado un par de días en la FLLIC, la Feria del Libro, la Lectura y las Industrias Culturales de Castilla La Mancha, que se celebra desde hace ocho años en Cuenca. Creo que es el tercer o cuarto año que paso por el Recinto Ferial de La Hípica y la verdad es que me he quedado bastante asombrado al comprobar cómo ha ido creciendo la feria: no tanto en espacio o en actividades, sino en público.
Prácticamente hay los mismos stands y espacios para actividades que otros años, pero la Feria crece: desde el primer día hay gente y gente y gente que recorre sus instalaciones, que curiosea (¡y compra!) libros, que participa en sus talleres, que disfruta con sus conferencias, cursos, debates, espectáculos de narración oral... En verdad Cuenca apostó por esta Feria y a pesar de los resultados más flojos de los primeros años perseveró. Y la perseverancia ha dado resultado.
Tras la lluvia de primera hora de la tarde salió el sol. Tras el sol salieron los niños. El patio era pequeño y los niños eran dos: lo justo para hacer un país. Cogieron sus palas y sus rastrillos. En un pequeño cubo pusieron tierra y hojas caídas por la lluvia y cuando todo estuvo preparado empezó la cacería de lombrices y cochinillas.
Detrás de los niños salieron el hombre y la mujer. Ella se sentó en una cómoda silla de jardín, leía un libro. El hombre junto a ella, miraba al cielo. Las formas de las nubes eran letras de un alfabeto efímero que algún gigante soñaba lejos. Un texto indescifrable de azules, blancos y grises que se iban tornando violáceos con el paso de los minutos.
El bullicio de pájaros felices por el final de la tormenta arrullaba al árbol.
En esta fotografía de costumbre, de tarde de abril, de familia viviendo en calma, el hombre que mira al cielo sueña garabatos de golondrina con los ojos abiertos, y suspira.
Estoy volviendo a casa, es de noche. Voy por una carretera secundaria que, en este tramo, tiene casi veinte kilómetros de recta. Al final, a lo lejos, se ve, iluminada, la torre de la iglesia de un pueblo que es cruce de caminos y por el que pasa la autovía, allí me desviaré incorporándome a la carretera principal dejándome llevar por el gotear de coches solitarios, furgonetas y camiones que la transitan en esas horas.
El coche horada la oscuridad zampándose los kilómetros. Comienza a chispear y saltan los limpias. Abril dibuja constelaciones de insectos en el parabrisas y cuando los limpias empiezan a bailar una fina capa de barro y carcasas de insectos embadurna el cristal. Tengo que parar porque no veo nada.
Detengo el coche más adelante, en una pequeña incorporación a un camino de tierra, para limpiar el cristal. Paro el coche, pongo los cuatro intermitentes y salgo afuera con un pequeño trapo.
