
Vinieron unos amigos a casa y en un momento de la tarde una de ellos comentó que su hermana había asistido a uno de los últimos conciertos de The Beatles. La verdad es que la historia me impresionó. Contaba cómo su hermana había tenido que pasar toda una noche haciendo cola para entrar al recinto y cómo durante el concierto apenas había podido disfrutar de la música a causa de los continuos gritos de las fans.
Cuando se fueron estuve intentando recordar algo extraordinario que yo hubiera vivido. Algo extraordinario en el sentido de haber estado de alguna forma en alguno de los renglones que luego pasarán a ser parte de los libros de historia. Porque si bien puedo decir que he tenido algunas vivencias muy emocionantes (visitar Machu Pichu, subir a los templos de la Luna y el Sol en Theotihuacán, ver las figuras de Nazca, pasear por la Alhambra, emborracharme de arte en Roma...) todas estos lugares ya eran parte de la Historia cuando yo paseaba sus piedras.

No es por dar envidia ni nada, eh, pero estoy en Conil de la Frontera, en Cádiz. Se pueden imaginar, sentado frente al mar, con los pies en la arena, el cielo azulísimo, el mar sosegado, ni un ápice de viento, 20ºC... en fin, un lujo para este 28 de enero en el que en Guadalajara se han despertado con -5ºC.
Estoy aquí por trabajo, no se vayan a pensar, llevo una tupa de kilómetros y lo que te rondaré morena, pero he podido tomarme este respiro entre las sesiones de la mañana y las de la tarde.
He comido en una terracita, frente al mar, un pescado más que fresco y una ensalada que me ha sabido a gloria. Estaba sentado en la mesa después de haber dado buena cuenta del pescado, mirando al mar sin ninguna prisa por tomarme el café cuando un hombre, el otro cliente que había en la terraza, me ha preguntado si me importaba que se tomara el café charlando conmigo.
Quién puede negarse a una conversación mirando al mar en un día hermoso como este. Le he invitado a que tomara asiento y, tras sentarse, ha dejado vagar la mirada por el horizonte en calma, como yo, entonces, sin girar la vista, me ha dicho: estos días son un regalo.
He hablado en alguna otra ocasión y en este mismo blog sobre la tradición: sobre su importancia, sobre la urgencia de conocerla y transmitirla, y también sobre la necesidad de observarla con una mirada crítica.
Viene esto a cuento porque me encontraba ayer escuchando el último cedé de Los Titiriteros de Binéfar (flamante Premio Nacional, por cierto) titulado Es un pañuelo, y en él me encontré con una canción tradicional que ya estaba incluida en su primer cedé, Juerga.
Lo interesante del asunto no es que una misma canción aparezca en dos cedés, no, lo que me ha llevado a escribir sobre ello es la canción en cuestión y las variantes que se observan entre la primera versión y la última. La canción seguro que la conocen, tiene muchas versiones, miren, yo recogí esta:
"Don Federico mató a su mujer
la hizo picadillo y la puso a cocer"
No hace falta decir nada al respecto: es una cancioncilla problemática que genera mucha discusión. Hablemos sobre ella.
Nieves y lluvias no le vienen bien a la A2. La cuesta del Toro amaneció plagada de baches; volvía de dejar a los niños en el cole y a duras penas pude esquivar el primer bache: me lo tragué del todo y el coche pegó un bote que dio miedo. Reduje la velocidad para esquivar la retahíla de cráteres que jalonaban la carretera pero otro coche se incorporaba en la curva de Eroski dejando tras de sí una estela de gravilla (gravilla que antes había sido carretera y ahora era excedente de hueco de bache). Una piedrecita solitaria fue a impactar contra mi parabrisas haciendo un piquete de huelga nacional. El piquete creció convirtiéndose en grieta que exploró mi parabrisas de lado a lado. Todo esto sucedió en apenas unos minutos. Cagoenlaleche.
Cuando llegué a casa la rueda que había rebotado en el bache estaba desinflada. Cagoenlaleche.
... va la vencida: ahora sí.
Que ustedes lo disfruten.
Esta tarde, en Azuqueca de Henares, un grupo de narradores y narradoras orales profesionales de toda España, crearemos la primera asociación profesional de nuestro oficio a nivel nacional.
Una vez más la provincia de Guadalajara queda vinculada a la oralidad, y ello, pienso, es motivo para felicitarnos.
La narración oral ha existido siempre, pues en el mismo instante en el que aparecieron las personas, aparecieron los cuentos. Y siguen caminando de la mano.
Pero la profesionalización del oficio ha sido cosa más compleja. En España, y que yo sepa, sólo hay un narrador profesional que lo es por tradición familiar (ocho generaciones ganándose las alubias con la palabra dicha), Carles García, de La Rioja, un buen amigo de Guadalajara y conocido por todos aquellos que gustan de la oralidad con sabor tradicional en estado puro.
Afuera llueve. En casa se está bien. Acabo de tomarme unas migas deliciosas con un huevo frito y, tras el café, he encendido la chimenea y he cogido un libro, uno de esos librotes que guardo en los días de más jaleo para cuando llegue el momento de descansar.
Afuera llueve. Arriba juegan los niños mientras la tarde se deshace en lluvia y jirones de nubes bajas. Yo estoy bien calentito y cómodo. Abro el libro y comienzo a leer.
Quizás ha pasado una hora desde que me puse a leer. Levanto la cabeza y miro a mi alrededor, no entiendo nada. No sé quiénes son todas estas personas adormiladas que se apelotonan a mi alrededor. Algunas leen, otras tienen la mirada perdida, otras curiosean a su alrededor. Soy el único que tiene zapatillas de estar por casa. "Próxima parada, Tirso de Molina", suena por megafonía. No entiendo nada. Quizás se trate de un sueño, me he quedado dormido leyendo y pienso que estoy en el metro... Vuelvo al libro porque tengo la secreta esperanza de que el libro sea la llave que abra la puerta de mi realidad.
Otoño fue caluroso, pero parece que el señor Viento del Norte ha querido resarcirse y ha decidido campar a sus anchas por estos lares. Llevaba unos días avisando, soplando su gélido aliento, pero esta noche decidió hacer acto de presencia por todo lo grande y regalarnos la nieve: hoy comienza el invierno y quiere que todos lo sepamos. Encended las chimeneas, desempolvad las mantas, aprovisionaos de chocolate para hacer a la taza y bizcochos, refrescad cuentos, chascarrillos y sucedidos porque la nieve nos trae la fiesta sencilla: hacer muñecos de nieve, jugar a guerras de bolas, deslizarse con trineos y plásticos... para luego acurrucarnos junto a la lumbre y beber un chocolate bien caliente mientras alguien cuenta un cuento o canta una vieja canción.
Recibo de un amigo un email con un "manifiesto en defensa de los derechos fundamentales de internet" al calor del Anteproyecto de Ley de Economía Sostenible. Lo leo y siento una desazón en lo referente a algunos de sus artículos.
Uno. Para empezar en su artículo primero afirma que "los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos". Vaya, ahí no creo que nadie vaya a poner ninguna pega, lo que no entiendo es por qué señala a los derechos de autor y no dice, por ejemplo, los intereses de un equipo de fútbol, o las comisiones de un banco, o el uso del váter. Es que este primer artículo es sorprendente: porque nada puede situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, para eso tenemos una ley marco que nos ampara y nos protege ante los abusos, sean estos cuales sean.
Cuatro. En el artículo cuarto se dice que la nueva legislación "amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural", cosa que no entiendo. Pienso que quien quiera crear (música, novela, vídeo, etc.) y usar internet para su creación, difusión, dar a conocer, etc., puede y debe seguir haciéndolo. Lo que no entiendo es que quien no quiera que así se haga, tenga que tragar y ver sus creaciones en internet sin haberlo querido o pedido.
En este cuarto punto se confunden dos términos casi sin querer: "con internet se se ha democratizado la creación y emisión de contenidos de todo tipo". No veo que crear y emitir sea lo mismo y no veo que puedan reflejarse y tratarse de una misma manera. Uno puede usar internet para crear y/o para emitir su creación. Pero hay gente que no quiere que sus creaciones artísiticas se difundan de cualquier manera en internet. ¿Estos creadores deben aguantarse entonces si alguien cuelga una creación suya sin su permiso? En el ámbito de la narración oral conozco algunos casos de narradores profesionales que han sido grabados sin permiso y sus grabaciones han sido editadas y colgadas sin permiso en internet: ¿no hay defensa ante eso? ¿que se jodan los creadores y viva la libertad (de los otros)?
Hacer una película cuesta mucho dinero, pero da igual, a veces antes incluso de su estreno uno la puede ver en internet: ¿esto es la libertad? ¿de quién? ¿del director, los actores, los productores, los camarógrafos, los directores, los dueños de salas de cine...?
Me fastidia la idea del artista como una persona autodestructiva, como alguien que sufre y ese sufrimiento da, como fruto, una obra artística. Quizás sea un estereotipo que proviene del Romanticismo y desde entonces parece normal que solo desde el sufrimiento y la experiencia extrema se puede crear. Solo cuando te han abandonado puedes hablar de amor, solo cuando estás solo y marginado puedes escribir, pintar, componer, modelar… parece que el artista, esa persona capaz de ver la vida y la realidad desde nuevos puntos de vista, de mostrarnos nuestro día a día como si fuera algo completamente nuevo para nosotros, es alguien que, por esa capacidad de ver, de descubrir, de desentrañar, sufre.
