
El análisis fácil de la prensa conservadora será hoy el siguiente: la huelga de funcionarios de ayer fracasó porque, aunque los empleados públicos están muy cabreados con el Gobierno, no van a secundar un paro promovido por los desacreditados sindicatos. Apuesto doble contra sencillo a que ese es el argumentario de este miércoles en buena parte de los editoriales y columnistas más desafectos con Zapatero.
Pienso que quien saque esa rápida conclusión lo único que hace es tratar es de llevar el agua a su molino ideológico. De hecho, dará un poco igual, ya verán, que la huelga de ayer no estuviera sólo apoyada por los pérfidos CCOO y UGT. Porque hay que recordar que también la secundaban sindicatos de la clara simpatía "popular", como CSIF, ANPE y otros de carácter sectorial. Los amarillos, que decíamos antes.
Pero dicho esto, pienso que ese análisis, aunque simplista, también refleja una gran verdad: los sindicatos, todos, pero sobre todo los de clase, han perdido su capacidad de movilización. Tienen cada vez menos predicamento, y la mayoría de los trabajadores los ve, en el mejor de los casos, como un mero instrumento para poder realizar cursos de reciclaje, o tener en ellos buena manera de resolver cuestiones jurídico-administrativas; algo muy habitual, sobre todo entre los funcionarios.
Yo creo que la huelga de ayer fracasó, sobre todo, por puro pragmatismo. Los funcionarios públicos saben que el decreto zapateril no tiene vuelta atrás; que la economía ha llegado a un callejón sin salida en la que de nuevo se ha vuelto a demostrarse que, en épocas de vacas flacas, no gobiernan las voluntades políticas, sino las del capital: "Los mercados"; esos a los que nadie ha elegido y nadie ha votado; esos que dictan órdenes que cumplen por igual los conservadores alemanes que los (ex)progresistas españoles. "Los mercados" esos, a los que hace apenas año y medio estábamos inflando de dinero público porque había que mantener el sistema financiero. Aquí los mercados, aquí unos perplejos.
Viva el mal, viva el capital, que decía la Bruja Avería.
¿Pero es que a estas alturas alguien cree que de una crisis capitalista se sale con medidas socialdemócratas? ¿Que existe una receta de izquierdas para afrontar una crisis de sobreproducción? Y un jamón.
De las crisis capitalistas se sale con medidas capitalistas. Y estas son duras, dolorosas, injustas, salvajes, y si es menester, sanguinarias. Destruir para poder crecer, esa fue siempre la receta. Ora sea cerrando nuestra capacidad productiva, ora dejando a miles de familias sin sustento, ora con una buena guerra a tiempo, que cree el solar sobre el que levantar los cimientos de un nuevo ciclo alcista.
Y esas cosas andan lejos de decirlas sindicatos en las que hace ya muchos años que se perdió la perspectiva básica de que es necesario ser independiente para ser libre. Sindicatos en los que los mismos liberados acaparan años y años de liberación sin que sus supuestos defendidos les vean regresar al tajo. Sindicatos subvencionados por el estado, que se convierten en retiros dorados, y que sólo se mueven ante la presión de sus propios afiliados, y eso cuando ya no pueden soportarlo más. Sindicatos, a la postre, que como me enseñaron de pequeñito, cumplen a la perfección el refrán de que quien paga al flautista, elige la partitura.
Decía El Roto el otro día: "Fracasa el capitalismo y se hunde la izquierda; ¿hay quien lo entienda?"
¿Hay quien lo entienda?